Un hacer particular

Carta 3

Muy estimadas amigas y amigos de la oración de Jesús.

Espero se encuentren bien, hermanados en el Espíritu y afianzados en el hábito de la repetición del Santo Nombre.

Anteriormente vimos la necesidad de ir reemplazando la divagación por la oración, unificando la mente en torno a este centro estable. También, la urgencia de poner el cuerpo al servicio del crecimiento espiritual si es que se pretendemos avanzar hacia la contemplación. Necesitamos hacernos dueños de cuerpo y mente, herramientas dadas para elevarnos a Dios ya desde este mundo.

Quisiera contarles hoy brevemente acerca de un particular modo de hacer.

Me refiero a una específica manera de abordar las tareas que nos trae lo cotidiano. Una posición que se asume, que también al hacerse costumbre, nos transforma.

Este modo de estarse en la acción, es oración y permite la serena vivencia de los acontecimientos exteriores. Uno deja de anhelar esta o aquella situación, porque encuentra en todos los instantes la misma satisfacción.

Esta manera de actuar se caracteriza por la suma atención que pone en ella quién la ejecuta; consciente de la Presencia de Dios en todo y en todas las cosas, actúa como el oficiante en la liturgia, con reverencia, concentrado, poniendo lo mejor de sí.

“En Él vivimos, nos movemos y existimos…”(Hechos 17, 26-28) Conscientes de lo que dice el apóstol, es preciso abandonar la creencia de que algún otro momento es más importante que este, en el que nos encontramos. Precisamos dejar de valorar en función de las expectativas, asumir que la vida toda es un misterio mediante el cual Dios nos enseña y nos llama a Su presencia.

Esas valoraciones que efectuamos en base a nuestras expectaciones e inquietudes no tienen asidero. Es tan importante este sitio como el otro al igual que el trayecto entre ambos. La vida es un continuo y estamos siempre moviéndonos en “Su casa”.

Hay un modo de ponerse mental y corporalmente que facilita la percepción de la gracia actuante en nosotros y en lo que nos rodea. Es un modo sin apuro, que permite disponer ordenadamente los elementos necesarios para la acción que se va a efectuar. Es un estilo que desarrolla cada paso con la misma intensidad.

Desde fuera se percibe como una forma armónica de actuar. Es posible acostumbrarse a esa cualidad en el proceder si ponemos confianza, en que la tarea que tenemos delante, es parte de lo que El Señor nos pide hacer en esta vida. Estemos seguros, de que poniendo el esfuerzo necesario, Él lleva las cosas a buen término.

Es un forjar desde el Espíritu, usando el cuerpo y la mente según la función de servicio para la que fueron creados. Es una acción desde adentro y no alienados en el afuera. Esta cualidad en la acción constituye oración y al hacerse continua nos unifica.

Mi Padre espiritual consciente de mi apego a ciertas formas de oración en particular, me mandaba barrer con lentitud grandes extensiones de tierra alrededor del sitio donde nos hallábamos retirados. Me decía, que si no encontraba yo el mismo gusto y devoción en ambas tareas por igual, caía en cierta forma de idolatría. Me aconsejaba barrer con unción, con devoción por la tarea, tratando de darle al Señor lo mejor aún en tareas que podía mi mente considerar insignificantes.

Con el tiempo llegamos a comprender y experimentar que el gozo no está en esto o en aquello sino que se encuentra en uno mismo y que puede derramarse sobre las actividades y las cosas.

Esta práctica de tomar cada actividad como una forma de oración crece y se afirma si empezamos a “teñir” todo lo que hacemos con la oración de Jesús. Un hermano decía que se podía ir por el mundo bendiciéndolo todo al cubrirlo con el Nombre de Jesucristo.

Si vemos un hecho desagradable lo integramos bajo el manto protector de la oración del Nombre del Señor. Ante lo bueno agradecemos con la misma oración. Tanto en nuestras caídas como al descubrir nuestros progresos, volvemos a la frase elegida, que se convierte en nuestra forma de adherir a la vida, nuestro asentimiento a la acción de Su voluntad.

Es conveniente elegir una o dos actividades que realicemos con cierta frecuencia y ejercitarnos en poner allí esta actitud devocional, esta apertura del corazón a la vivencia. Resultará también buena materia para el examen diario de conciencia, revisar como se ha trabajado esta nueva actitud que se busca.

Hace falta determinación, una decisión firme de acercarse al Señor, el resto a Él le atañe. Recuerdo ahora mis titubeos y dudas cuando me iniciaba en este camino y como vino a ser una enfermedad la que me ayudara a consolidar el hábito de la oración de Jesús.

Es que no se sabía entonces si lo que padecía era muy grave o no, hubo unos días de espera para saberlo. Claro, lo que había sido un tibio acercamiento a la oración del Santo Nombre, se convirtió en fervor y piedad que no había conocido antes en mí. El temor a la muerte vino a servirme de gran ayuda y rápido encontré razones para pedir misericordia.

Pero quién no atraviese ese trance… ¿Cómo hará para motivarse y disponerse con firme decisión a practicar esta oración? Quizás porque siente un llamado claro o una evidente inclinación hacia esto. Tal vez algún otro se sienta interesado porque le aseguramos una bienaventuranza plena luego de algún tiempo de práctica.

Ojalá que así sea; la perla escondida está a la mano, se habló bien cuando se dijo que el reino de Dios está aquí, entre nosotros. (Lc. 17, 20-21) Según nuestra experiencia, se encuentra en el mismo Nombre de Jesucristo, que actualiza la redención en el momento mismo que se lo pronuncia.

Los saludo con afecto fraterno.

Texto propio del blog

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