Iniciación

Carta 12

Estimada Hermana, la saludo invocando el Nombre de Jesús.

Me pregunta usted acerca de cómo transmitir la oración de Jesús, este camino espiritual hacia la paz del corazón, a quién aunque interesado, tiene ya un método habitual.

La oración de Jesús se inicia en la angustia. Nace desde la pena, es un camino que lleva al gozo, pero  germina por el dolor del alma. Necesita del fermento de la conciencia del propio pecado para crecer.

Un gran fracaso, el súbito impacto del verse a sí mismo con crudeza, una situación desesperada, soledad profunda, desconcierto e incertidumbre, suelen ser el escenario común que cuentan los practicantes, cuando se les pregunta acerca de cómo iniciaron la vía del Nombre.

¿Reconoce esa persona interesada en este tipo de oración su propia ignorancia, su debilidad, la miseria de su egoísmo congénito y la mezquindad escondida motivando la mayor parte de sus acciones?

Si es así nos encontramos en la situación ideal para iniciar la oración del santo Nombre de Jesús; el corazón está predispuesto, el alma se encuentra abierta al misterio del amor manifestado como misericordia.

Es la miseria de nuestro corazón la que repite la oración de Jesús, es la conciencia de nuestra condición humana incompleta, somos insaciables, nada nos contenta por mucho rato, queremos lo que es eterno.

Somos carencia y esta ausencia de plenitud es un gran don, nos impulsa a buscar lo que no es efímero, pero necesitamos reconocernos insuficientes, escasos, vanos.

Esto no está a la moda, no tiene buena prensa, en el mundo suele confundirse fortaleza con soberbia.

En el camino de la hesiquía, no se promueve un ideal de persona timorata, alicaída o temerosa, que tiembla ante los aconteceres.

Por el contrario, busca asentarse el alma en el territorio de la impasibilidad, en donde lo que sucede se contempla desde la fortaleza que da Cristo viviente en el corazón.

Pero al país de la apáteia no llega el ego, esa coraza síquica que nos recubre y que orgullosa cree saber, que cree poder, que considera que sus especulaciones y planes le llevarán a algún lado.

En alguna homilía de los antiguos Padres del desierto, se ha considerado a La Cruz como símbolo de la necesaria muerte de nuestras vanidades, de la imperiosa obligación de rendir el “yo” de la arrogancia. Se plantea que únicamente de ese modo, puede alumbrar la resurrección del espíritu, nacería entonces la pureza del corazón, recinto de la gracia de la Presencia.

Es por lo anterior, que para iniciar este camino de la oración de Jesús, suele recomendarse un buen examen de conciencia. Indagar con los ojos bien abiertos en nuestras faltas reiteradas, mirarnos sin afeites, cotejarnos con el evangelio y asumirnos lejos de la patria de los santos.

Cuando advertimos azorados el daño causado en la emoción de los demás con nuestras críticas, juicios y recelos, cuando caemos en cuenta que nuestra palabra, obra y pensamiento han sido instrumento del egoísmo, puede producirse en nosotros el reconocimiento veraz de la situación del alma.

El dulce dolor del arrepentimiento -metánoia- la compunción del corazón, es un adecuado campo de labranza, tierra fértil  para el crecimiento de la oración de Jesús.

Continuamos en otro momento, mientras permanecemos unidos en la oración, al cobijo del Santo Nombre.

Lecturas recomendadas: – Mateo 3, 2 – Marcos 1, 14-15 – Lucas 13, 5

Texto propio del blog

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